Lenguaje inclusivo. Reflexiones sobre el "deber ser" y el hacer del campo educativo | Colegio Meirci

Lenguaje inclusivo. Reflexiones sobre el “deber ser” y el hacer del campo educativo

lenguaje inclusivo
Por: Berenice Quirarte

Por: Berenice Quirarte

Adoptar el lenguaje inclusivo no basta; hay que pensar en lo que denotan las palabras y promover una diversidad real en la escuela.

El lenguaje es la casa del ser (…)  en su morada habita el hombre —

Martín Heidegger

No hay mejor lugar para estar que nuestro propio nombre: define quienes somos, nos da personalidad, es más, podría decirse que nuestros padres destinaron algo en nosotros con él. Pero ¿qué pasa si no estamos felices de habitar ese designio? En el primer encuentro con mis alumnos, pregunto cómo quieren que los llame, y siempre me sorprende que más de uno elija un nombre distinto al que tiene. Ahora bien, sumado a estas formas de comunicarnos entre nosotros de una manera más cercana y respetuosa se ha hecho hincapié en la ¿necesidad? ¿moda? de neutralizar el género con el que nos referimos a los otros.

De un tiempo para acá noto que algunos alumnos llegan al salón y saludan con un “¡Buenos días compañeres!” incluso en tono de juego. Al preguntarles la causa de por que usan la “e”, se encogían de hombros y responden: “nada más…”

Estamos pasando por una serie de cambios de paradigmas que nos atraviesan y que tienen su punto de partida en las diversas experiencias de los sujetos, sobre todo aquellos que no reconocíamos —ni veíamos. 

Quizás ellos piensan que nosotros, sus profesores, somos ajenos al mundo del internet al cual tienen acceso, y a veces es cierto, sin embargo en este caso, es casi imposible no tener el contexto de este asunto en particular: en redes sociales se viralizó un video sobre una persona que grita y se muestra ofendida —e indignada— ante su compañero de grupo por no llamarle con un género neutro, es decir “compañere”. 

El video ha desatado dos tipos de reacción; por un lado, algunos lo defienden como parte de la implementación del lenguaje inclusivo; y, por otro, están los que se mofan, mayormente por no comprender su intencionalidad política. Y aquí es donde me gustaría centrarme pues me parece que es lo fundamental del asunto: lo político del lenguaje, su papel en la educación y en particular en nuestra comunidad Merici. 

Como profesores, estamos al cuidado y tenemos la responsabilidad de formar no sólo personas exitosas laboralmente, sino también de acompañar en la educación de seres humanos que usen su capital cultural con responsabilidad, creatividad y respeto,  que logren tener las herramientas para adaptarse y enfrentar una realidad que es más grande que el aula, más compleja, abrasiva y en constante cambio. Para ello, es necesario saber mirar, y ejemplo de ello es que durante este confinamiento por la pandemia, nuestras maneras de percibir el mundo, de referirnos a él, de entenderlo y aprehenderlo se modificaron radicalmente. Estamos pasando por una serie de cambios de paradigmas que nos atraviesan y que tienen su punto de partida en las diversas experiencias de los sujetos, sobre todo aquellos que no reconocíamos —ni veíamos. 

Los alumnos, que están cada vez más inmersos en una realidad virtual, obtienen un mar de información de diversas fuentes, y se han topado con esta discusión sobre el poder del lenguaje para reflejar la diversidad que antes no lograba visibilidad. A mi parecer, el lenguaje inclusivo no puede circunscribirse a una moda o a una imposición y menos aún a una discusión de juicios de valor, sino que debemos de pensar por qué se detonó la necesidad de su uso.

La lengua, construcción humana, responde a la necesidad de comunicación y organización que tienen las comunidades; las palabras son fragmentos de una cosmovisión, un orden, nos da cuenta de una visión del mundo en un momento determinado y tiene una dimensión política al ser la herramienta —y experiencia— de la constitución de los sujetos con su entorno, por ello decir, “¿niñe” o “compañere”, ahora tiene mucha fuerza y a veces puede ser conflictivo, pone de relieve la voluntad de un grupo de personas de ser nombradas donde antes eran invisibilizadas.

Como profesora, me parece más pertinente que sean nuestras prácticas las que modifiquen, rompan, descosan la violencia discursiva.

Pero más allá de la moda, también valdría la pena preguntarse sobre los efectos del lenguaje inclusivo  ¿va a cambiar las prácticas dentro del aula, los contenidos y por tanto, la visión de nuestros alumnos dentro y fuera del Colegio? Como escuela que se pronuncia inclusiva debemos tomar en cuenta dicha pauta: respecto a qué, cómo lo hacemos y con qué fin(es) adoptaríamos este sistema de inclusión. 

Para proponer, hay que entender, dialogar con los motivos y las lógicas desde las cuales se proponen los cambios. En nuestro español, el lenguaje contiene una carga simbólica que incluso puede ser violenta, ello se debe a que con las palabras buscamos entender lo que se nos presenta: no sabemos que algo es “algo” hasta que le ponemos un significante o nombre. Son las prácticas en el mundo tangible las que moldean la lengua, si queremos hacerlo al revés quizás no logremos nada: seremos palabras y no acciones. 

Cuando mis alumnos me han abordado con este tema, les he ganado ya un poco de terreno en la manera cómo abordo la historia: hablamos de las resistencias indígenas y la importancia de la rescatar las lenguas nativas, el papel fundamental de las mujeres en el desarrollo de la historia, así cómo el de las personas homosexuales y no binarias que han sufrido violencia por no pertenecer a este mundo del deber ser , y que simplemente se les ha borrado de la historia, del discurso y se les violenta desde la lengua. 

Como profesora, me parece más pertinente que sean nuestras prácticas las que modifiquen, rompan, descosan la violencia discursiva y formulen, repiensen, replanteen las palabras que terminen de dar cuenta de esa realidad a la que pretendemos alcanzar: una verdadera inclusión. Nuestra comunidad busca una apertura no sólo respecto a las neuro divergencias, sino que también se ha propuesto el acoger a familias no tradicionales, a alumnos con apertura de género, el integrar en su propia planta docente la diversidad que no rodea: hacer del colegio un reflejo más real de lo que nos han enseñado dentro de los muros académicos tradicionales.

Para ello es fundamental ser críticos con nuestras propias disciplinas, por ejemplo, romper con los relatos histórico—filosóficos que han sumergido en el anonimato a hombres no blancos, mujeres y personas de la comunidad LGBT , para negarlos… hay mucho trabajo que hacer para que podamos respaldar las buenas intenciones con prácticas jurídicas que garanticen el respeto y los derechos fundamentales de los integrantes de nuestra comunidad. Debe ser la realidad, inclusiva en sus prácticas, la que moldee ese nuevo discurso y dé cuenta en las palabras que el mundo es verdaderamente distinto y diverso.

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Sobre el autor

Berenice Quirarte

Berenice Quirarte

Maestrante en Estudio Críticos de la Cultura en al Universidad Iberoamericana, Historiadora por la UNAM, miembro de Giroscopio: cuerpos, comunidades, cuestionamientos, ha publicado textos sobre danza en NEXOS.

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